
Estoy en el Parque Nacional Cajas, a treinta y cinco kilómetros desde Cuenca, Ecuador, a un poco más de una hora en bus, a casi 4.000 metros de altitud, a 10 grados de temperatura, a quince dólares desde que salí del hostal esta mañana.
Unos minutos atrás el guardaparque me advierte del precio de la entrada y que a llovido mucho los últimos días, en su oficina decido que voy a realizar el sendero que bordea la laguna Toreadora y que en un par de horas se puede recorrer a paso rápido. A ratos el sol coquetea con la niebla y una tenue llovizna se percibe al otro lado de la laguna.
Por un momento me doy cuenta que todo el viaje está rodeado de cifras, pero que estas son incapaces de reflejar la experiencia de caminar en la zona de puna, sentir que el aire es mezquino en su oxígeno y que cada paso es con una respiración agitada, hoy lo he sentido con una intensidad ya olvidada.
El sendero está bien marcado y en ocasiones es interrumpido por pequeños cursos de agua que con un poco de ingenio son sorteados fácilmente, el día está frío y no quiero mojar mis zapatos.
Por su biodiversidad este parque es considerado un humedal RAMSAR desde el 2002 y es un área de importancia mundial para la conservación de aves IBA desde el 2003, con oído atento y mirada aguda es posible observar una inmensa cantidad de aves en la medida que avanzo por mi circuito, de ves en cuando algunos peces saltan en la laguna para cazar insectos. En el parque se han contabilizado 157 especies de aves siendo la mayoría del orden de las Passeriformes.
La vegetación es sorprendente, estoy a gran altura y hay bosques de Queñuales (sp. Polylepis) cuya corteza parece hecha de papel encerado, descascarada, suave, fría e imponente.
Avanzo por el sendero, trepo por una huella imposible con el lago a unos metros debajo de mi, un resbalón, un solo paso en falso y las aguas heladas me estarán esperando, a lo lejos se ve un delgado puente que permite sortear una cascada, ya he llegado hasta ella y para sorpresa mía parte del puente no existe, se lo a llevado la corriente y es imposible seguir (a lo menos desde aquí) el sendero, la alternativa es atravesar el queñual, pero la tarde avanza rápidamente y a lo lejos se escuchan algunos truenos.
Las montañas siempre esperan a nuestro regreso, así que sin remordimientos decido volver sobre mis pasos hasta el puesto de control y preguntar por una ruta alternativa que existe pero requiere más tiempo del que dispongo. Casi una semana más tarde me entero que fui uno de los 10 visitantes que no quedó atrapado por la tormenta durante el fin de semana de mi visita.

Deja una respuesta